El futbolín de Finisterre

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Alejandro Campos Ramírez, Alejandro Finisterre

Cuando era más joven, una partida de futbolín con los amigos siempre era un buen plan. Aún corrían las pesetas y por cinco duros asegurabas un buen rato. No sé si todavía quedará alguno por ahí. ¡Ya no hay boleras y “el marrano” lo cerraron hace tiempo!

Aquellos buenos ratos no hubieran sido posibles sin el ingenio emprendedor de un gallego excepcional, cuya vida pareciese sacada de una novela de aventuras; una vida más de serie larga que de película.

Se llamaba Alejandro Campos Ramírez, nacido en Fisterra (A Coruña) el 6 de mayo de 1919. Uno de los diez hijos del radiotelegrafista del faro del “fin del mundo”. A los quince años, tras un incidente que denunció su propio padre a la policía por el hurto de unas joyas en el domicilio familiar, fue enviado a Madrid para estudiar el bachillerato en un internado.

Alejandro trabajó como peón de albañil, cajista en una imprenta y bailarín de claqué en la compañía de Celia Gámez, para pagar sus estudios. Se acercó a los poetas del momento y conoció a León Felipe, a quien le uniría una duradera y fructífera amistad, en aquella imprenta, donde elaboraban panfletos y publicaban el periódico Paso a la juventud, su primera experiencia como editor. En él empezó a utilizar una especie de seudónimo que homenajeaba a su tierra, firmando los artículos con el nombre con el que será conocido: Alejandro Finisterre o Alexandre de Fisterra.

El gran giro de guion llega cuando, en plena guerra civil, queda sepultado bajo los escombros de un edificio tras un bombardeo franquista. Es rescatado y trasladado a Valencia y desde allí al hospital improvisado en el Hotel Colonia Puig de Monserrat en Barcelona. Durante su convalecencia, con solo diecisiete años, se vio rodeado de muchos jóvenes como él, también heridos, que no podían jugar al fútbol.

“La mayoría de los que estaban allí eran mutilados de guerra. Yo había jugado al fútbol, pero me había quedado cojo y envidiaba a los que podían hacerlo”.

A Alejandro también le gustaba el tenis de mesa y pensó: ¿por qué no crear el fútbol de mesa? Diseñó un prototipo con las dimensiones del actual y once muñecos por equipo, lo llamó futbolín, y se puso manos a la obra.

“Poco antes de la Navidad de 1936 compré en Barcelona unas barras, y un carpintero vasco, Francisco Javier Altuna, también refugiado, me hizo la mesa y torneó las figuritas. El líder de CNT, Joan Busquets, un anarquista de Monistrol que tenía una fábrica de gaseosas, lo vio y me animó a patentar el invento. Lo patenté en enero de 1937, igual que el primer pasa-hojas de partituras movido con el pie, que hice para Núria, una pianista guapísima de la que me enamoré locamente en las reuniones sabatinas de la colonia”.

Altuna, que también era paciente del hospital de Montserrat, efectivamente, fue el constructor de la primera caja de juego y con sus manos dio forma a los veintidós jugadores. Marc Pons indica que aquellas figuras serían policromadas con los colores blanquiazul y azulgrana que representaban a la Real Sociedad y el F.C. Barcelona, lo que refuerza la idea del origen guipuzcoano del carpintero.

Acabada la guerra regresa a su tierra, pero… “no hago más que llegar a Galicia y me meten el guante y al calabozo doy con mis huesos, en Ferrol. Cuatro mesitos allí de regalado descanso y me trasladan al Ejército de África, por cuatro, pero ahora son años, hasta que me dan por inútil en 1943”.

Aunque era un hombre prudente, no se callaba ante las injusticias del régimen, lo que, unido a su pasado republicano, le creó más de un problema, que solía culminar en multas y arrestos. Así que decidió exiliarse. Ligero de equipaje, cruzó a pie los Pirineos a través de Andorra. Una travesía accidentada en la que perdió la patente del futbolín, llegando a París con lo puesto.

“Tuve que huir a Francia, cruzando a pie los Pirineos. En el macuto sólo llevaba la patente, una lata de sardinas y dos obras de teatro. Llovió a cántaros durante diez días y los papeles se convirtieron en argamasa”.

Alejandro Finisterre sabía buscarse la vida y tenía don de gentes. Al poco de llegar a la capital francesa, Pablo Picasso le abre todas las puertas del exilio español. El guion vuelve a dar otro giro, al ver en un escaparate que vendían futbolines idénticos al que había diseñado en Puig. Puesto en contacto con el fabricante, resultó ser el suyo, y con el apoyo de la asesoría jurídica de la Asociación Internacional de Refugiados logró que la empresa le pagara una cifra respetable, dinero con el que emprendió su viaje a América.

“En 1948, estando yo en París, me enteré de que un compañero del hospital, Magi Muntaner, del POUM, había patentado el futbolín en Perpinyà. Al parecer, me escribió para comunicármelo, pero la carta se perdió. Murió en el maquis. Mareé a la compañía que los fabricaba y me dieron el suficiente dinero como para ir a Ecuador, donde fundé la revista Ecuador 0o 0′ 0′′.

En efecto, se establece con su familia en Quito, donde retoma su trabajo de editor y su pasión de poeta, fundando la revista Ecuador 0o 0′ 0′′, sin olvidar los futbolines, por supuesto.

“En la presentación de la revista conocí al embajador de Guatemala, que me animó a fabricarlos en su país”.

Campos Ramírez Hermanos

Cuatro años después, se refugia con su familia en Cabo de Santa María, en Guatemala, donde monta junto a sus hermanos una fábrica de juguetes, Campos Ramírez Hermanos, cuyo producto estrella es un futbolín de lujo con barras telescópicas de acero sueco y mesa de madera de caoba.

Por medio de una de sus hermanas, conoció a Ernesto Che Guevara, con quien forjó una gran amistad. El Che estuvo poco más de nueve meses en Guatemala, el tiempo suficiente para jugar y perder unas cuantas partidas al futbolín con su inventor.

“Una hermana mía se hizo amiga de Hilda Gadea, entonces compañera del Che. Venía todos los días al Centro Republicano Español en Guatemala. Teníamos estilos parecidos”.

Poco después se traslada a México, donde funda la Editorial Finisterre que publica a todo el exilio español y a los grandes poetas mexicanos liderados por Octavio Paz. Recordaba León Felipe, de quien terminaría siendo su albacea literario, que Alejandro Finisterre “se convirtió en el gran emperador editorial de la poesía latinoamericana”. En su faceta de conquistador sentimental, fue el último amor de Frida Kahlo. Un gran amor que supieron mantener en secreto hasta la muerte de la artista en junio de 1954.

Fue nombrado académico de la Real Academia Gallega en 1967, estando entre sus padrinos Álvaro Cunqueiro, y un año después publicó en México su “Colección León Felipe”, en la que llamaba a Franco “sapo iscariote y ladrón”.

En 1973 los estudiantes de Oviedo y Zaragoza llevaron esos versos a los carteles universitarios y el régimen lo declaró en rebeldía. El 7 de octubre de 1975, el fiscal le acusó de un delito de “injurias al Jefe del Estado” y solicitó para él un año y seis meses de prisión y 20.000 pesetas de multa, ordenando su busca y captura. A mediados de diciembre, casi un mes después de fallecer el dictador, Finisterre hizo un viaje a su tierra y fue detenido en Ourense y condenado por el Tribunal de Orden Público, pero no cumplió más que cinco días por el indulto que siguió a la muerte de Franco.

Regresó definitivamente en plena Transición, se casó con la soprano María Herrero y vivió sus últimos años en Zamora, donde falleció el 9 de febrero de 2007 en su casa del barrio de Pinilla, un mes antes de cumplir los 88 años. Sus cenizas llegaron al Atlántico, que había cruzado tantas veces, esparcidas por el río Duero, a su paso por Zamora, y desde Fisterra, en la Costa da Morte.

Poeta, apasionado de las letras, excelente editor, reconocido folklorista, crítico de teatro, agitador cultural incansable y combativo, Alejandro Finisterre, hijo predilecto de Fisterra, a título póstumo, hubiera querido pasar a la historia como el hombre que dio su vida para que la gente no se olvidara de León Felipe, el poeta zamorano que murió en el exilio, en México; sin embargo, lo que realmente le llevó a los libros fue su invención del futbolín.

En uno de sus últimos comentarios sobre el mismo dijo: “El futbolín es un juego que no fomenta el autismo, como los videojuegos; sino la amistad y el compañerismo”.

¿Queda algún futbolín por ahí?

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